La situación en Rodalies ha alcanzado un nivel de descontento sin precedentes, con un caos que ha superado las expectativas más sombrías. Este colapso no solo afecta a los usuarios del transporte ferroviario, sino que también plantea serias preguntas sobre el estado de otros servicios públicos en España, como la salud, la educación y la justicia.
Las deficiencias en la red ferroviaria de Catalunya han sido exacerbadas por una falta de inversión estatal a lo largo de los años, lo que ha llevado a una creciente insatisfacción social. Esta situación no es un fenómeno aislado, sino que refleja un problema mayor que ha permeado en el contexto político actual, donde la priorización del desarrollo de la alta velocidad ha dejado de lado las necesidades básicas en el transporte convencional.
Este descontento ha sido alimentado por años de inacción y una desviación de recursos hacia proyectos que no han beneficiado a la ciudadanía. La reciente tragedia ferroviaria en Adamuz ha puesto de relieve la urgencia de retomar el control y la responsabilidad en la gestión de servicios públicos, obligando a las autoridades a replantear sus prioridades a fin de evitar futuros desastres.