La aversión a la pérdida puede llevar a muchos a mantener inversiones poco rentables, según la asesora financiera Elizabeth Wakefield. Este comportamiento se observa en diversos ámbitos, desde depósitos bancarios con rendimientos de hasta 3% que no compiten con otras alternativas que ofrecen hasta 8%, hasta acciones que pierden valor con el tiempo.
Wakefield destaca que la dificultad radica en aceptar que los resultados esperados no se materializarán. El fenómeno del coste hundido también afecta a gastos cotidianos, como suscripciones que ya no se utilizan, generando así gastos innecesarios. "La gente tiende a seguir invirtiendo en algo que no dará frutos por ver a otros hacerlo", explica.
La historia de General Motors ilustra este concepto, ya que su gran inversión en vehículos de gran tamaño llevó a un declive financiero que culminó en 2009 con su bancarrota. La lección es clara: es preferible redirigir los recursos a oportunidades más prometedoras en lugar de aferrarse a lo que se ha perdido.