La figura de “El Perro” se consolidó como un símbolo político: un apodo resignificado para convertir el ataque en impulso, proyectando un liderazgo con marca propia, capaz de moverse como outsider dentro del partido y de alterar el escenario con decisiones rápidas y cambios de guion.
Esa imagen, asociada a audacia, control del relato y golpes de efecto, se ha ido desdibujando hasta quedar atrapada en la lógica interna de Ferraz, especialmente tras episodios de desgaste público vinculados a casos de corrupción en el entorno más cercano y a una puesta en escena de disculpa y repliegue.
Con la presión acumulada —investigaciones, ruido institucional y denuncias de comportamientos intolerables— lo que queda en cuestión no es solo un partido, sino la estabilidad del Gobierno y su mayoría parlamentaria. Por eso, varios socios empujan hacia una respuesta clara: renovación, medidas sociales y un giro político que devuelva iniciativa, agenda y capacidad de mando.