La actual dinámica de poder en la política está marcada por el desprestigio sistemático de aquellos que no se alinean con los intereses económicos dominantes. Las élites que controlan la economía y los canales de comunicación buscan evitar regulaciones que puedan frenar su capacidad de especulación.
Los actores políticos que se resisten a someterse a estos intereses corren el riesgo de ser objeto de calumnias, lo que contribuye a un clima de crispación en el debate social. Esta situación ha permitido que el neoliberalismo evolucione hacia formas de control más autoritarias, donde los millonarios imponen sus visiones en los espacios públicos.
La polarización en la discusión política refleja un desplazamiento de los valores humanos hacia el machismo y el racismo, creando un entorno donde cualquier perspectiva alternativa se percibe como una amenaza. La política queda así atrapada entre las ambiciones de quienes desean conservar su poder y un entorno social cada vez más hostil.