Tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero, la administración de Donald Trump ha designado a Delcy Rodríguez como presidenta interina de Venezuela. Esta decisión se da en un contexto donde el resto del aparato gubernamental y militar del país se mantiene intacto, lo que genera interrogantes sobre el futuro político de la nación. La estrategia de Trump busca controlar el país desde Washington, sin desplegar tropas en el terreno, lo que marca un enfoque inusual en la diplomacia estadounidense.
Rodríguez, quien es una firme aliada de la revolución bolivariana, había sido la número dos de Maduro y ahora asume el liderazgo temporal en un momento crítico. Mientras tanto, la opositora María Corina Machado ha visto cómo su papel se ha debilitado, ya que Trump considera que carece del apoyo necesario para gobernar, a pesar de que encuestas sugieren un respaldo significativo por parte de la población.
Expertos como Javier Corrales han comparado esta situación con una opa hostil en el ámbito empresarial, sugiriendo que aunque se toma el control, la resistencia cultural y los intentos de sabotaje podrían complicar la gestión del nuevo régimen. En este escenario, el secretario de Estado cubanoamericano Marco Rubio se ha convertido en la figura visible de la estrategia estadounidense hacia Venezuela.