La intervención militar estadounidense en Venezuela, que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro, marca un cambio significativo en la política internacional y la doctrina de seguridad de Estados Unidos. Este evento pone de manifiesto una tendencia hacia un enfoque más agresivo y unilateral, donde el uso de la fuerza se convierte en un pilar fundamental del nuevo orden internacional.
La administración de Donald Trump ha adoptado un estilo de liderazgo que minimiza la necesidad de aprobación legislativa, permitiendo al presidente ejecutar decisiones de manera expedita. Esto ha llevado a una erosión notable del sistema político y jurídico estadounidense, donde se promueven normas que refuerzan el poder ejecutivo en un contexto de crisis permanente, afectando así a la oposición y al sistema judicial.
Además, la intervención en Venezuela refleja un enfoque diplomático centrado en los intereses nacionales, con un resurgimiento de la idea de "América para los estadounidenses". Esto implica una presión sobre otros países del continente, como Panamá, México y Canadá, para alinearse con la política exterior de Estados Unidos, que también incluye reivindicaciones territoriales como la soberanía sobre Groenlandia.