La comunidad científica española enfrenta un dilema ético significativo en la investigación, donde el uso de animales de laboratorio para ensayar nuevos tratamientos es una práctica común. Aunque se han desarrollado tecnologías avanzadas, como la inteligencia artificial y la bioingeniería, el marco regulatorio vigente, establecido en 1959, sigue favoreciendo la experimentación animal.
El marco actual se basa en el principio de las 3R, que promueve el Reemplazo, Reducción y Refinamiento del uso de animales en experimentos. A pesar de su noble intención, este enfoque se ha convertido en una lista de procedimientos burocráticos, que justifica la continuidad de la experimentación animal como un mal necesario para el avance científico.
Los estudios bioéticos que se llevan a cabo en este ámbito se centran más en la forma en que se diseñan los experimentos que en su contribución real al conocimiento científico. En este contexto, los protocolos bien elaborados son aprobados para el uso de animales, aunque la validez científica de tales estudios no siempre esté garantizada.