El 2 de enero, el presidente venezolano Nicolás Maduro fue capturado por fuerzas estadounidenses, un evento que altera drásticamente las dinámicas internacionales. Este suceso representa un golpe significativo a la relación energética entre China y Venezuela, que había sido fundamental para ambas naciones.
La cooperación energética se había establecido no por afinidad ideológica, sino por la necesidad de Venezuela de acceder a un comprador capaz de procesar su crudo, especialmente tras las sanciones occidentales. A finales de 2025, Beijing importaba cerca de 470.000 barriles diarios de crudo venezolano, lo que representaba aproximadamente el 4,5% de sus importaciones marítimas totales.
Con la detención de Maduro, los acuerdos de suministro se ven comprometidos, dejando en incertidumbre a los buques que transportan este petróleo. Las refinerías chinas, que dependen del crudo venezolano para la producción de asfaltos y otros productos, se enfrentan a un futuro incierto ante la interrupción de este flujo vital.