La Reserva Federal y el Banco Central Europeo han decidido mantener los tipos de interés sin realizar promesas de recortes, a pesar de la presión del entorno financiero. Esta decisión se produce en un contexto donde la inflación, aunque ha disminuido, encuentra nuevas maneras de reactivarse, complicando el panorama económico.
En medio de un clima financiero que muestra signos de cambio, como el aumento de las salidas en el private equity y una liquidez más selectiva, no se evidencia una crisis abierta, pero sí una creciente astenia que podría anticipar un giro negativo. La necesidad de actuar es palpable, pero, ante el riesgo de reactivación de la inflación, los bancos centrales optan por la disciplina y la paciencia.
Los gobiernos y los mercados están presionando para que el coste del dinero se mantenga bajo, un enfoque que ha pasado de ser una herramienta a considerarse un derecho implícito. Este contexto plantea un dilema sobre el equilibrio fiscal y la política monetaria, donde la retórica de indulgencia se vuelve cada vez más evidente.