El 15 de septiembre de 2008 marcó un antes y un después en la historia económica global con la quiebra de Lehman Brothers, un evento que dio inicio a una de las crisis financieras más severas. Este año se cumplen 18 años de esa crisis, y la economía mundial enfrenta ahora un nuevo desafío. La deuda acumulada durante las últimas décadas está en proceso de refinanciación en un contexto caracterizado por tipos de interés más altos y un aumento en las rentabilidades exigidas por los mercados de bonos. Esta semana, la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) decidió aumentar las tasas de interés en 25 puntos básicos.
La dificultad radica en identificar quién podría brindar ayuda ante un posible colapso financiero. En 2008, los gobiernos intervinieron para salvar al sistema financiero, pero hoy la situación es más compleja debido al crecimiento de la deuda pública. La magnitud de esta crisis podría dificultar la adopción de medidas similares a las de hace casi dos décadas. La gran incertidumbre actual no es solo si una nueva crisis es inminente, sino más bien cuánto podrán soportar las economías frente a un nuevo impacto sin que el coste de la deuda se vuelva insostenible.
El endeudamiento global ha alcanzado niveles sin precedentes, con el Fondo Monetario Internacional (FMI) estimando que la deuda pública bruta mundial se sitúa cerca del 94% del PIB, equivalentes a casi 119 billones de dólares. Se anticipa que esta cifra podría aumentar a cerca del 99% del PIB, es decir, 123 billones de dólares para 2028. Algunos análisis más pesimistas incluso sugieren que la deuda podría escalar hasta 144 billones de dólares, lo que representa un 117% del PIB en ese mismo año.
La crisis de 2008 tuvo su origen en el colapso del sector hipotecario, mientras que la próxima crisis podría surgir de un aumento en las exigencias de rentabilidad por parte de los inversores o de un Estado incapaz de refinanciar sus obligaciones de manera efectiva. Un incremento en los impagos empresariales también podría tener repercusiones en el sistema financiero, acentuando la vulnerabilidad de las economías ante eventos imprevistos como recesiones o emergencias sanitarias.
La relación entre el endeudamiento y la sensibilidad económica es clara: a mayor deuda, mayor riesgo frente a imprevistos. Esto pone de relieve la fragilidad de las economías actuales, que se encuentran cada vez más expuestas a choques externos. Las expectativas sobre la capacidad de respuesta de los gobiernos y el sector financiero son cautelosas, pues el margen de maniobra se reduce con el creciente agujero de la deuda.
Contexto: En los últimos años, el entorno económico global ha experimentado una serie de desafíos, desde la pandemia de COVID-19 hasta las tensiones geopolíticas. Las instituciones financieras y los gobiernos se han visto obligados a implementar políticas de estímulo para reactivar sus economías. La Unión Europea y el Banco Central Europeo han estado trabajando para estabilizar los mercados, pero la situación actual requiere una atención especial debido al aumento de las tasas de interés y la creciente carga de la deuda pública. La sostenibilidad de las finanzas públicas es un tema crucial para España, que, al igual que muchos otros países, se enfrenta a la necesidad de equilibrar el crecimiento económico con el control de la deuda.