La creciente desigualdad en Europa ha tomado una forma vertical, afectando profundamente a las nuevas generaciones. Los jóvenes, atrapados en el alto coste de la vivienda, se ven obligados a seguir viviendo con sus padres, cuestionándose la posibilidad de alcanzar el estilo de vida que conocieron en su infancia.
Los treintañeros, a su vez, enfrentan altos impuestos que financian las pensiones de los jubilados de la generación del baby boom, que incluye a aquellos nacidos entre 1945 y 1965. Este fenómeno ha llevado a que los gastos relacionados con el envejecimiento consuman aproximadamente una cuarta parte del PIB de la Unión Europea, una cifra que probablemente permanecerá elevada mientras la población continúe envejeciendo.
La percepción de los jóvenes es la de ser víctimas de una estafa intergeneracional, donde las decisiones de la generación mayor impactan negativamente su futuro. Mientras los baby boomers disfrutaron de un periodo de paz y prosperidad, su legado parece ser un continente que necesita urgentemente reparaciones, dejando a los jóvenes con la carga del pasado.